Ayer hubo niebla todo el día. Salí de la universidad y llegué a casa ya de noche.
fragmentos sin orden ni concierto
En el Norte no hay estrellas, decían. Con tanta nube qué va a haber. Descubrí que era falso cuando, con dieciseis años, comencé a pasar noches al relente allá arriba, en el mundo azulgris de los Picos de Europa. Las mejores eran las que empezaban con un Lago Enol desierto porque había una niebla de mil demonios. El camino era, al principio, llano. Al llegar al bosquete de acebos cruzabas el regato y subias el corto repecho hasta Vega la Piedra. Luego, poco a poco, sin ver más allá de cuatro o cinco metros, hasta Vegarredonda. La parada era obligada porque seguramente en el refugio se atechaba algún conocido a la espera de que mañana o pasado escampara. Conversábamos hasta el fin de la tarde y con el ocaso salíamos por el, ahora sí, empinado zigzag hacia la Torre de la Canal Parda. Por el camino oscurecía y se producía el cambio: en cierto momento, en sólo unos metros, el cielo aparecía espléndido. Abajo quedaba el mar de nubes y arriba aparecían los Picos, fantasmales a la luz nocturna: El Picu les Travieses, los Argaos, la Torre de Santa María...
Mi sitio preferido era un poco más arriba. Desaparecía la vegetación y ya sólo era la peña de caliza. Al borde del Jou Santu, el corazón del Macizo Occidental, había unos muretes de cantos apenas esbozados. Precarios, de un escaso medio metro de altura, te protegían de viento si la noche se endurecía, algo nada raro en ese lugar.
Las noches claras permitían mirar a lo lejos y ver la luz intermitente del faro del Cabo Peñas, el finisterre norteño. Otras, como ésta que relato, no. Obligaban a mirar hacia arriba. Arrebujado en el saco de dormir, si era otoño buscaba Rigel y Betelgeuse al Sur. O la tenue presencia de Andrómeda. Luego la temperatura obligaba a cerrar el saco sobre la cara y a dejar pasar las horas.
Los macizos Occidental y Central de los Picos de Europa desde Google Earth. La marca señala el lugar al que me refiero en el post.
Echo de menos el Norte cuando los días se acortan. Tal vez porque me gustaba pasear por la playa en las tardes de invierno, cuando azotaba el viento. Eso marcaba un ritmo que llenaba de paz y que parecía detener el tiempo. El mismo ritmo que aún nos hace mecer ante el fuego en la chimenea o ante la lluvia que, en la noche, bate en el cuadro negro de la ventana.
Hace unos minutos o así he entrado en mi cumpleaños. Gracias, gracias. La verdad es que no soy propenso a celebrarlos. El año pasado, sin ir más lejos, se me olvidó.
Hablando hace unas semanas nos dimos cuenta que que hemos pasado de la convicción de tener vida eterna a la de estar en una cuenta atrás. Una inflexión en las neuronas, un cambio sólo personal porque el tiempo sigue ahí, a su aire. Y si es una ilusión lo disimula a la perfección, no hay forma de pedir un receso.
Menos mal que un entendido (en hombres, créanlo) me echó hace poco ocho años menos de los que tengo. No como a Joaquín Sabina, que nos cantaba que lo llevaba algo peor:
A mis cuarenta y diez
cuarenta y nueve dicen que aparento.
Afortunadamente, en la próxima reencarnación me toca galápago gigante, de esos que duran mucho y te miran con cara atónita, como si no pudieran creer que tú, con esa pinta, eres el afortunado extremo de una cadena evolutiva.
Pasando hojas de libros viejos encuentro una de esas imágenes imprescindibles para no perder la medida de las cosas.
La Universidad de Oviedo cumple 399 años en este 2007 y ese aniversario es la disculpa para contarles una historia de otro, más modesto, pero que me pertenece y puedo compartir.
Entré en la carrera de Biología unos días antes de cumplir los 17 años. No es que fuera un genio, no, fueron cosas de los curas, que me habían adelantado dos cursos allá, en primaria. Muestra de ello fue mi primer examen universitario, de matemáticas, del que aún recuerdo la apasionante pregunta: cambio de sistema de coordenadas en espacios vectoriales. El tipo que nos impartía la asignatura era gris. Y quiero decir eso, gris: cara gris, traje gris, habla gris. Dictaba las calificaciones con parsimonia, por orden alfabético de apellidos. Llegó la mía. Yo esperaba un... bueno, da igual, se hizo evidente que me dominaba el optimismo:
— Fulano de Tal...: un uno y medio bajo.
Sustituyan los puntos suspensivos por una pausa dramática. Creo que fue ese bajo, ese matiz recreativo añadido al suspenso sin paliativos, el que me hizo recapacitar sobre mi estrategia de vida universitaria, a todas luces penosa.
No les quiero aburrir y les diré sólo que los siguientes cinco años fueron magníficos. Años de madrugones para ir, de trenes nocturnos para volver a casa, de asambleas en el postfranquismo, de agotamiento sobre los libros, de compartir bocadillos para ir al cine de arte y ensayo (relean esto, que creo que me salió bien), de preparar los exámenes en grupo, de CNT, de continua compañía, de vivir dentro de los departamentos, de querer ser biólogo.
En aquel momento no se nos ocurrió que estábamos viviendo una etapa única. Yo lo ví después, cuando acabé la carrera y con la diáspora vino un tremendo vacío que me costó mucho llenar. Desde aquello tengo miedo a la soledad. Más tarde volví a la universidad porque era mi sitio. La tesis de licenciatura, becario, contratado a temporadas... casi dos décadas para acabar yéndome a otro lugar y escribir este post pero esa es otra historia.
Hoy, claro, también veo esos cinco años con la nostalgia de lo que no llegó a pasar. Creo que debe ser así cuando el tiempo marca distancias haciendo que los recuerdos mejoren, incluso, la realidad que realmente fue.
Tengo mala memoria para la gente y se me borran las facciones poco a poco. Un acontecimiento me las recuperó ya que hace un par de años recibí un correo con la propuesta de una reunión. Creo que todos acudimos algo nerviosos, algunos desde lejos.
Y fue la hora de las historias. Unos pocos habían desaparecido en su maelstrom particular pero la mayoría estabamos allí, milagrosamente intactos.
Hubo un momento durante el encuentro en el que me aparté a una esquina para observar, recuperando rostros, ajustando trabajosamente recuerdos y presente. Acabé viendo resurgir poco a poco a aquellos jóvenes que hace veinticinco años querían ser biólogos.
Somos lo que recordamos y seremos lo que los demás recuerden de nosotros.
Jujuy, Norte de Argentina, hace unos años.
Anochecía y una procesión con un cristo o una virgen (o los dos, no recuerdo) bordeaba la plaza seguida un par de cientos de personas. Ninguna parecía de sangre india. Luego entendí. Un tipo vociferaba con ayuda de un megáfono una arenga sobre la "conquista del desierto", mezclando la campaña militar con la religiosidad católica. Hablaba del "Día de la Raza", como en España hace unas pocas décadas.
En el banco más próximo al mío estaba sentada una mujer de sesenta o setenta años, vestida con colores vivos y pelo blanquísimo recogido. Miraba el mejunje bélico-religioso sin expresión aparente en sus rasgos, ahora sí, indígenas. Pensé en qué recuerdos le traería el espectáculo, en qué se habría plasmado en los años, ya lejanos, en los que fue joven, qué podría sentir ante los abanderados de esa "raza" inexistente. Porque aquí, en España, no estaría mal que recordemos que somos revoltijo genético de todo lo imaginable y en Argentina ni les cuento.
Aquí hemos avanzado algo, creo, pero viendo el desfile conmemorativo de hoy en Madrid me entran las dudas. Se me ocurre, vaya tontería, que el Día de la Hispanidad podría estar protagonizado por ese idioma común que tenemos, por las Casas de Emigrantes, por las Academias de la Lengua, por los organismos de cooperación iberoamericana. Pero no, seguimos sacando a pasear al ejército a la calle obviando que cada bala en los cargadores, todas y cada una, se fabrican para que acaben alojadas en un cuerpo humano. Eso sí, de otra raza o de otra ideología. Un alien.
Comentaba algo más abajo que la realidad nunca está a la altura de los recuerdos por lo que no era recomendable intentar revivir momentos felices pero pasados.
Mirando al futuro se produce algo semejante: después de desear una meta intensamente, durante un tiempo, llegas a ella. Y cuando llegas te das cuenta de que esperabas demasiado, de que el éxito es amargo porque, apurado el camino, las expectativas que te habías creado con el tiempo no se cumplen.
¿Qué ha pasado? De nuevo, nuestra capacidad de imaginar nos ha jugado una mala pasada. Ni la chica era tan perfecta —en realidad, tan hecha para tí, que era lo que querías—, ni en aquel remoto paisaje cantaban tantos pajaritos, ni ese libro, por fin publicado, llenó tus vacíos.
Cuando creas una meta el tiempo te la juega haciéndola cada vez más irreal, más separada de lo que fue originalmente, más inexistente. Es la deriva inadvertida de una meta real hacia el terreno de lo imaginario sublimándola hasta hacerla imposible.
Pero tampoco vivimos sin metas, de aquí la paradoja que se establece entre los deseos simultáneos de cumplir tus ilusiones y el de no verlas cumplidas para no quedarte en el vacío.
Muchos lo han dicho antes, claro: la satisfacción es el camino, no la meta. Y que el camino sea largo.
Quan surts per fer el viatge cap a Ítaca,
has de pregar que el camí sigui llarg,
ple d'aventures, ple de coneixences.
Has de pregar que el camí sigui llarg,
que siguin moltes les matinades
que entraràs en un port que els teus ulls ignoraven,
i vagis a ciutats per aprendre dels que saben.Has d’arribar-hi, és el teu destí,
però no forcis gens la travessia.
És preferible que duri molts anys,
que siguis vell quan fondegis l’illa,
ric de tot el que hauràs guanyat fent el camí,
sense esperar que et doni més riqueses.
Itaca t’ha donat el bell viatge,
sense ella no hauries sortit.
I si la trobes pobra, no és que Itaca
t’hagi enganyat. Savi, com bé t’has fet,
sabràs el que volen dir les Itaques.
...
Cuando salgas para hacer el viaje hacia Itaca
has de rogar que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de conocimiento.
Has de rogar que sea largo el camino,
que sean muchas las madrugadas
en las que entres en un puerto que tus ojos ignoraban
y vayas a ciudades para aprender de los que saben.
Debes llegar, es tu destino
pero no fuerces nada la travesía.
Es preferible que dure muchos años
que seas viejo cuando fondees en la isla
rico de todo lo ganado haciendo el camino
sin esperar a que de más riquezas.
Itaca te ha dado el bello viaje
sin ella no habrías salido.
Y si la encuentras pobre,
no es que Itaca te haya engañado.
Sabio como bien te has hecho,
ya sabrás qué significan las Itacas.
...
Ítaca, Lluis Llach.
De pequeño fui esa cosa imposible que se denomina "niño católico". Era imposible, claro, porque un niño no puede ser católico ni cualquier otra cosa, sino simplemente niño. Además, mi familia era una cosa aún más extraña pues casi todos decían ser católicos-no-practicantes, así, todo seguido. Cómo se puede ser algo-sin-serlo sigue siendo un misterio para mí. Mi relación con la religión católica era por tanto, ya en origen, contradictoria y en equilibrio inestable. No era por falta de esfuerzo del régimen político ya que de niño iba a una escuela de frailes agustinos de avemarías a la entrada de las clases y rosario los viernes. Más tarde, en la secundaria aún había religión católica como asignatura (perdón, qué despiste el mío, aún sigue hoy, opss...). Incluso en los dos primeros años universitarios había la opción de ir a unas clases en el seminario de curas y ganar unos puntos para el expediente (uhmm..., me precipito de nuevo, en mi universidad sigue habiendo algo similar, parece que no pasa el tiempo).
De mis posibles dudas me sacó muy pronto, a los ocho años, un fraile agustino que me iluminó el camino. Gracias. La escena era clásica: estábamos en una clase de las antiguas, de pupitres y suelos de madera, de esos de fregar con arena, y techos altos. Llovía al final de una tarde de otoño o invierno. Recuerdo que afuera ya casi no había luz y la de las bombillas del techo se reflejaba en los chorros de agua que resbalaban en los cristales. Como era la última hora del viernes tocaba rezar el rosario. Imaginen a cuarenta niños de ocho años en semejante tarea, monótona, interminable, incomprensible. Un fraile paseaba por el pasillo central atento a las distracciones mientras otro se quedaba al lado de los cuatro alumnos (uno por "misterio") que, como premio a su recta conducta, dirigían el asunto. El resto contestaba con esa musiquilla mecánica que aún hoy me hace recordar el sorteo de la lotería. En cierto momento, el cura del pasillo se paró a mi lado e instantes después me dió una bofetada. No eran tiempos ni edades de pedir explicaciones pero yo me creía inocente de toda culpa salvo del aburrimiento. Me equivocaba, como verán de inmediato. El rosario, por supuesto, no fue interrumpido por esa nimiedad y siguió hasta su final. Luego, el fraile me subió al altillo donde estaba la mesa del profesor y, señalándome, aleccionó a los demás:
—Ha dicho: "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" y lo correcto es "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo". A ver si así lo aprendeis todos y no insultais más al Hijo de Dios.
Yo no sabía aún nada de las conjunciones pero ese "y" ausente marcó el temprano inicio del desencuentro. El fraile desató lo que después supe que se llamaba conflicto de autoridad porque me fue imposible aceptar la relación entre las magnitudes de la falta y del castigo, ni entender como la ausencia de la "y" llevaba al insulto a nadie. Volví a casa andando, cubierto por un impermeable de plástico marrón y una gorra. En Avilés, mi pueblo, llovía a mares esa noche.
El fraile se murió hace tiempo y creo que se reencarnó en algún animalejo coprófago. Yo seguí adelante y con los años y como en las huelgas cumplía con los servicios mínimos exigidos por la Santa Madre Iglesia: misa los domingos a última hora, con la esperanza de llegar tarde por causa mayor, y confesión una vez al año porque sino era pecado mortal. Aparecían de nuevo los castigos infinitos por una nimiedad que no hacía daño a nadie. Ciertamente, en la educación seguían celebrándose actos religiosos sin opción a la ausencia pero, como se disculpó otro más grande y poderoso que yo, no había mandado mis naves a luchar contra los elementos. O más brevemente: a la fuerza ahorcan, dóblate como el junco, pequeño saltamontes, que a los diez años en la España del nacional-catolicismo la rebeldía tiene escasa esperanza de vida.
Mi carácter, aunque aún por formar, ya era incompatible con el cuento. Y un día, a los 12 años, mientras bajaba hacia el tedio dominical, decidí que la historia de las misas y las confesiones había terminado definitivamente. Recuerdo a la perfección la inmediata e intensa sensación de liberación, como una ducha después de un largo periodo de roña y sudor.
La cosa tuvo ciertas repercusiones más bien cómicas. El cura de la parroquia se percató de mi desaparición y habló conmigo un día en la calle. No le interesaban mis razones, sólo insistió en saber en qué secta me había metido. Como no tuvo éxito en sus indagaciones, en un detalle que consideré en su momento bastante rastrero, acudió a mi familia. Los únicos argumentos que esgrimieron fueron reflejo de lo que realmente les preocupaba: "qué va a decir la gente". La "gente", hasta donde me consta, no dijo nada.
Creía que la religión ya no tendría protagonismo alguno en mi vida pero llegó el servicio militar. Ya puestos, les comentaré que la objeción de conciencia en esa época llevaba directamente a prisión. Aunque, como cantaba Paco Ibáñez, la música militar nunca me (la) supo levantar, el precio me pareció excesivo y además el antimilitarismo tampoco estaba en mis prioridades en ese momento.
Hice lo que consideré razonable, yendo de soldado, descartando cursar de alférez o sargento, grados a los que hubiera podido acceder por el título universitario. Pero una cosa es ir a misa de paciente y otra hacerse responsable del oficio.
Llegó el día en el que dos mil jovencitos estábamos formados, aún sin uniformes, ante la jefatura en pleno, coronel y capellán castrense incluidos, bajo el frío de una mañana de invierno en Cáceres. Tras las arengas e instrucciones más o menos pertinentes, un capitán abordó el tema a grandes voces:
—Aquí la misa es los domingos por la mañana y a la misa va todo dios a menos que no sea católico (larga pausa). Si hay alguno que no sea católico que de un paso al frente ahora.
Y de dos mil, dimos un paso al frente dos. El Guru y yo. En ese momento ni siquiera nos vimos por lo que cabía ser el único chiflado que se manifestaba fuera de la ortodoxia. Por cierto, la historia del Guru merece una reseña propia, ya la comentaré algún día.
Ambos fuimos escoltados fuera de la formación por dos soldados hasta el despacho del oficial de guardia, que era el mismo de la arenga. Cuando nos hicieron pasar estaba leyendo la documentación que habíamos rellenado antes del alistamiento. Por suerte, en su momento ambos nos habíamos empeñado, no sin esfuerzo, en que se dejara en blanco el apartado de "Religión" en los cuestionarios. Visto que no encontró antecedentes peligrosos y que nuestra irreligiosidad no parecía una improvisación de última hora se arrancó al más puro estilo castrense:
—Ya que sois los únicos con cojones, a partir de ahora teneis libre los domingos por la mañana hasta nueva orden.
El enfoque era peculiar pero, lo que importaba era el resultado. La "nueva orden" no llegó nunca y durante los quince meses siguientes dedicamos esas mañanas a jugar al frontón mientras el resto salvaba su alma.
Conversación, libros y a veces música son las señas de identidad de mis amistades, justas en número pero diversas y valiosas. Lamentablemente, mi emigración a Extremadura supuso una separación de todos ellos que sólo podemos remediar de vez en cuando. Dediqué unos días de este agosto a visitar a E en su casa, un sólido bastión donde pasamos muy buenos ratos. E se va de año sabático a una universidad del llamado tercer mundo, necesitado de cambios y, creo yo, de volver a encontrar el punto justo de las cosas.
Deja acá un par de miles de discos y la mayoría de los libros. Estos días y noches los dedicamos a repasar algunos de ellos y a hacer un poco de ruido. Cuando me despedí me sonó a eso, a despedida. Menos mal que no creo en las premoniciones.
P.S.: Hay dos tipos de amigos. Aunque todos puedan ser buenos, uno de ellos necesita que la amistad se cuide. El otro no. Con estos últimos puedes estar años ausente porque al reencontrarse es como seguir una conversación interrumpida sólo unos minutos atrás.
Pronto o tarde, pero el transcurrir del tiempo siempre lleva a la misma frase referida al amigo, pariente, vecino, colega, que vamos a poner en boca de M hablando de X:
—Me ha fallado.
Pocas frases concentran tanta falsedad en tanta sobriedad (tal vez "Dios nos ama" sea la excepción).
M da por justo, tal vez sin darse cuenta, que X debe comportarse exactamente como él espera que lo haga. Y lo que él espera siempre coincide con lo que él quiere porque del comportamiento esperado siempre se desprende un beneficio para sí. La falsa pérdida (falsa porque no se puede perder lo que nunca se tuvo) añade al no-comportamiento de X un agravio objetivo: la destrucción de la expectativa. Todo contribuye a empeorar la afrenta.
La decepción de M no es más que el reflejo de una visión de las relaciones desde la que no puede plantearse, y menos aceptar, que X tenga sus propias razones y criterios. Se le niega la opción de la divergencia dejándole sólo la del sometimiento.
M vive en un mundo difícil porque sus relaciones están condenadas a ir siempre en dirección única. Todos sus conocidos entran, por el hecho de conocerle, en la red de sus expectativas y estas están condenadas, antes o después, a incumplirse.
M malvive en la comparación continua de su mundo esperado con el mundo real. Como consecuencia de sus frustraciones, carece de amistades porque los hilos que las construyen no soportan los desfases entre lo que él cree que debería pasar y lo que realmente ocurre.
M sólo concibe un mundo con centro en M, girando obediente a su fuerza de gravedad, poniéndose del color que a él le apetecería ver cada mañana. Pobre M.
Yo, felizmente, nunca fui M —aunque conozco a muchos—y nunca esperé de los demás más de lo que querían darme. No por falta de fe sino por todo lo contrario, porque siempre tuve —y mantengo— confianza en mis amigos. Y si alguno hace algo que me sorprenda sé que será porque tiene razones.
Tal vez haya sido X alguna vez pero, siendo franco, eso no me ha quitado nunca el sueño.
Según te internas en las profundidades del país, el paisaje se vuelve inhóspito y la gente acogedora. Viajábamos por el Atlas Medio, camino de Azrou. Ese día habíamos decidido olvidar los hoteles y la Nissan nos sacó del reg y nos acercó a las montañas. La carretera subía primero a través de un llanura yerma, luego se internó por un valle con cedros y más arriba salimos al paisaje más abierto de una meseta salpicada de matas. Nos separamos de la carretera buscando una zona más aislada y nos detuvimos cuando faltaban un par de horas para la puesta del Sol. Había manchas dispersas de verde y amarillo allí donde quedaban vestigios de la humedad del invierno. Era febrero y la temperatura, con el cielo completamente despejado, prometía bajar.
Apenas puestas las tiendas aparecieron, como siempre pasa en Marruecos, los visitantes. Aquí no hay lugar solitario y no importa que estés en medio de la nada que si te detienes tendrás visita en minutos. Eran dos niños que se mantuvieron a distancia y sólo se acercaron cuando les preguntamos si querían tomar té.
El nombre del mayor sonaba Amed, tenía quince años y hablaba en francés con nosotros y bereber con su hermano, cuatro años más pequeño. Nos contó pocas cosas porque era tarde y tenían que volver a casa. Con la taza caliente en las manos y según apretaba el frío el mayor encendía de vez en cuando una mata con un mechero. Las llamas duraban unos minutos y nos poníamos alrededor para aprovechar el calor. Le comenté:
—Hemos visto a mucha gente rezando a esta hora...
—Sí, mucha gente lo hace.
Se fueron tiritando ya entrada la noche.
El termómetro de mínima llegó esa noche a los -12 ºC. Al salir de las tiendas nos encontramos con que Amed estaba esperando pacientemente para invitarnos a visitar su casa. No ocultó su satisfacción cuando le dijimos que se sentara al lado del conductor para señalar el camino.
El pueblo, dos docenas de casas de adobe, estaba a unos cinco o seis kilómetros, una hora de camino andando. La casa tenía un corral trasero y tres habitaciones con pequeñas ventanas. La más grande estaba ocupada por un becerro de un par de meses, probablemente para protegerlo del frío de la noche. Entramos en una salita en la que se levantaron en ese momento dos niños de dos camastros adosados a las paredes. Al primero ya lo conocíamos y la otra era la hermana pequeña, una niña de unos ocho años.
En el centro, entre las camas que usamos de asiento, había un brasero que calentaba algo la habitación. Las paredes estaban decoradas con una docena de fotografías recortadas de revistas españolas y francesas. Destacaban un par de portadas del semanario Hola.
La madre de los niños, una mujer joven, entró con una tetera que puso sobre el brasero y se sentó al lado de M, una de las geólogas. Desayunamos pan con aceite y té con miel.
A lo largo de un par de horas hablamos con Amed que nos contó que su padre había muerto el año anterior y que él había tenido que dejar la escuela para volver a casa y hacerse cargo de la familia. Tenían una huerta y algunas gallinas que cuidaba la madre, también media docena de cabras que pastoreaba el hermano menor. La hermana, Kaima (o algo que sonaba así), limpiaba la casa y subía a buscar leña monte arriba, a media hora de camino, dos o tres veces diarias. Tenía la misma edad que mi hija Ruth ahora.
Mientras Amed servía la miel en las tazas de té, una por una, con paciencia y tranquilidad absolutas, nos contaba que no quería vivir allí toda su vida como su padre sino mejorar, poder enviar dinero a casa y que sus hermanos pequeños fueran a la escuela, cosa que ahora no hacían. Él les enseñaba algo con sus libretas de otros años, ya un poco destartaladas.
Al irnos les dejamos media docena de bolígrafos y un par de libretas. Amed nos preguntó si teníamos algún libro, aunque fuera en español. R había llevado uno, Viaje a Ixtlán, tal vez apropiado para la circunstancia.
De esa familia me llamaron la atención varias cosas. La primera fue la responsabilidad de Amed, especialmente el empeño en dar una educación básica a sus dos hermanos. La segunda fue que las mujeres no se mantenían al margen. Tanto la madre como la niña, aunque no hablaban francés, estaban allí con la cabeza descubierta y sin aparentes problemas, más propios, supongo, del mundo árabe, y Amed intercambiaba frases con su madre con frecuencia.
Esto pasó hace diecisiete años. Kaina tendrá ahora veinticinco. La veo de niña en Ruth, tan iguales y tan distintas. Tal vez Amed o su hermano hayan pasado a España en alguna patera, jugándose la vida. En cualquier caso espero que les haya ido bien. Insha'allah.
Leí El Golem de Gustav Meyrink siendo adolescente y casi lo olvidé. Pero años más tarde visité a una persona en Ribadesella, un pueblo de Asturias. Era extranjero y no recuerdo su nombre pero tenía una biblioteca. El motivo de mi viaje era intentar verla. Esa persona había sufrido un derrame cerebral hacia unos meses y, aunque lúcido, apenas hablaba por lo que me dio a entender que el que debía hacerlo era yo, que él escucharía. La biblioteca era sorprendente. Estaba formada por una secuencia de habitaciones, fuera de la casa, construidas en la ladera sobre el último meandro de la ría. Habitaciones cuadradas que se comunicaban entre sí por pequeños vanos y que tenían, de vez en cuando, una mesa y una silla en el centro. Todas las paredes estaban cubiertas de suelo a techo por estanterías y éstas estaban repletas de libros, lo mismo que las mesas. Entre muchos otros que ojeé, estaba de nuevo El Golem en una edición alemana de los años 30. De alguna manera, hablarle del libro fue la llave de su confianza y me dio la oportunidad de deambular unas horas entre miles de libros, hablando en parte para él y en parte para mí, encerrados (¿abiertos?) en ese mundo inabarcable donde otras personas habían dejado escritos sus recuerdos, su imaginación y su experiencia.
Luego, a la hora de dar nombre al otro blog, no lo dudé demasiado. Nunca llegará a reflejar las sensaciones de esa biblioteca pero es un nexo con ella que quiero conservar . Creo que adquirirá sentido poco a poco según voy escribiendo a lo largo del tiempo.
Tres películas (ficción):
Dos libros (descendiendo):
Un personaje (por fin, la realidad):
Sobre la creación, cita una frase de Antonin Artaud: no hay nadie que haya jamás escrito, pintado, esculpido, modelado, construido, inventado, a no ser para salir de su infierno. (Nota: frase anacrónica que murió cuando se sustituyó "creación" por "copy/paste")
Nota por su no ha quedado claro: Antes del fin es un libro necesario. Y no, no hay versión para la Wii.
Es el remolino gigante y mortal de la mitología nórdica, donde los demonios o sus equivalentes, no podía ser de otra manera, esperaban en las aguas del gran mar gris.
Los maelstrom personales pueden ser también mortales y hemos visto a más de uno desaparecer en ellos. A veces, como en el mar real, se nos devolvían sus restos. Pero si tenías suerte, la salida a la superficie tras casi perderte te devolvía el aire vital como algo distinto, aunque debiera ser el mismo que antes del vértigo, y no volvías a ver las cosas de la misma forma.
Comentaba hace poco con E. que los maelstrom ya no se presentan a los que quedamos, aunque a veces parece oírse un ruido lejano que los recuerda. Tal vez eran propios de ciertas etapas vitales o tal vez hoy ya no hay tiempo para la introspección. Me gustaría que la segunda opción no fuera cierta.
Hace un tiempo escribí un post titulado "indianos", esa gente que emigró sabiendo que un futuro azaroso era preferible a la seguridad de la miseria. Ana recordaba y nos contaba que su abuela nunca pudo volver a su origen, allá donde desemboca el Guadalquivir que, además, es un buen nombre para la añoranza (era más intenso Wadi al-Kabir pero ese se perdió hace siglos).
Y yo quería decirle a Ana que la añoranza es un sentimiento que puede hacernos felices y que, en cualquier caso, es preferible a la decepción porque la realidad nunca está a la altura de los recuerdos. Volví hace tiempo a otro sitio de nombre muy distinto aunque, ahora que lo pienso, igualmente sonoro. Fue un error porque la memoria crea imágenes que tienen su tiempo y que, por tanto, nunca pueden repetirse.
Por eso, para seguir viviendo, no vuelvas a los sitios que marcaron tu vida buscando las mismas imágenes. No las encontrarás.
Hoy guardo media docena de lugares y recuerdos con la seguridad de que siempre se mantendrán iguales. Y, ya de paso, como perfección del mandamiento "no volverás", añado algún otro lugar al que ya no quiero ir porque siempre es bueno dejar sueños por cumplir.
Extremadura se sostiene sobre granitos y pizarras. Cerca de Cáceres el granito aflora en grandes peñas en un laberinto donde aún se encuentran yacimientos de pobladores de hace siete milenios. Entre pinturas y grabados, al borde de tres lagunas y buscando las alturas, las cigüeñas ocupan año tras año sus nidos.
Cuando oí la frase me llamó la atención. Se supone que la iba a decir en un futuro lejano un tipo llamado Jefferson. La recuerdo todavía hoy, cómo no: "Cuestione con osadía incluso la existencia de un Dios porque, si hay uno, aprobará más el homenaje de la razón que el de los ojos vendados por el miedo." Bien dicha, sonora y espectacular.
Por eso me atrajo la idea y estuve dándole vueltas una temporada. Nunca había visto al Jefe. De hecho nadie de mi confianza lo había visto aunque otros nos decían que sí, que estaba por ahí, en el sancta sanctorum o algo así (el latín no había sido inventado todavía, no me pregunten por esas paradojas que son difíciles de explicar).
Nosotros éramos legión y nos dedicábamos a... bueno, mejor no se lo cuento, que visto ahora me da algo de vergüenza. Baste decir que todo era letalmente monótono. Sujetos a una jerarquía férrea, los de abajo apenas teníamos nada que hacer salvo entonar cánticos y eso pesa mucho cuando tienes una eternidad por delante.
Pensé en remover un poco las aguas (es una metáfora) y hacer méritos, aunque el escalafón no parecía obedecer a más reglas que una caprichosa voluntad.
El ángel caído (Parque de El Retiro, Madrid)Extremadura tiene dos estaciones: el verano y el resto del año. Ahora estamos entrando en el verano. La foto tiene dos semanas y el rosal que está contra la pared de la casa ya está cubierto de rosas rojas. Falta que la trepadora del fondo reviva como todas las primaveras, porque el frío del invierno mata sus partes aéreas, y cubra la celosía. Es un buen momento, donde este lado Sur de mi casa se adorna con una docena de flores diferentes. El seto de madreselva tardará aún un poco, lo mismo que el hibisco que está entre las flores lila. Los cotoneaster se harán visibles en el otoño, cuando se cubran de cientos de pequeños frutos rojos. El tiempo de los bulbos ya pasó. Cada cosa en su momento.