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Ritmos de invierno

Echo de menos el Norte cuando los días se acortan. Tal vez porque me gustaba pasear por la playa en las tardes de invierno, cuando azotaba el viento. Eso marcaba un ritmo que llenaba de paz y que parecía detener el tiempo. El mismo ritmo que aún nos hace mecer ante el fuego en la chimenea o ante la lluvia que, en la noche, bate en el cuadro negro de la ventana.

Marruecos

Según te internas en las profundidades del país, el paisaje se vuelve inhóspito y la gente acogedora. Viajábamos por el Atlas Medio, camino de Azrou. Ese día habíamos decidido olvidar los hoteles y la Nissan nos sacó del reg y nos acercó a las montañas. La carretera subía primero a través de un llanura yerma, luego se internó por un valle con cedros y más arriba salimos al paisaje más abierto de una meseta salpicada de matas. Nos separamos de la carretera buscando una zona más aislada y nos detuvimos cuando faltaban un par de horas para la puesta del Sol. Había manchas dispersas de verde y amarillo allí donde quedaban vestigios de la humedad del invierno. Era febrero y la temperatura, con el cielo completamente despejado, prometía bajar.

Apenas puestas las tiendas aparecieron, como siempre pasa en Marruecos, los visitantes. Aquí no hay lugar solitario y no importa que estés en medio de la nada que si te detienes tendrás visita en minutos. Eran dos niños que se mantuvieron a distancia y sólo se acercaron cuando les preguntamos si querían tomar té.

El nombre del mayor sonaba Amed, tenía quince años y hablaba en francés con nosotros y bereber con su hermano, cuatro años más pequeño. Nos contó pocas cosas porque era tarde y tenían que volver a casa. Con la taza caliente en las manos y según apretaba el frío el mayor encendía de vez en cuando una mata con un mechero. Las llamas duraban unos minutos y nos poníamos alrededor para aprovechar el calor. Le comenté:

—Hemos visto a mucha gente rezando a esta hora...
—Sí, mucha gente lo hace.

Se fueron tiritando ya entrada la noche.

El termómetro de mínima llegó esa noche a los -12 ºC. Al salir de las tiendas nos encontramos con que Amed estaba esperando pacientemente para invitarnos a visitar su casa. No ocultó su satisfacción cuando le dijimos que se sentara al lado del conductor para señalar el camino.

El pueblo, dos docenas de casas de adobe, estaba a unos cinco o seis kilómetros, una hora de camino andando. La casa tenía un corral trasero y tres habitaciones con pequeñas ventanas. La más grande estaba ocupada por un becerro de un par de meses, probablemente para protegerlo del frío de la noche. Entramos en una salita en la que se levantaron en ese momento dos niños de dos camastros adosados a las paredes. Al primero ya lo conocíamos y la otra era la hermana pequeña, una niña de unos ocho años.

En el centro, entre las camas que usamos de asiento, había un brasero que calentaba algo la habitación. Las paredes estaban decoradas con una docena de fotografías recortadas de revistas españolas y francesas. Destacaban un par de portadas del semanario Hola.

La madre de los niños, una mujer joven, entró con una tetera que puso sobre el brasero y se sentó al lado de M, una de las geólogas. Desayunamos pan con aceite y té con miel.

A lo largo de un par de horas hablamos con Amed que nos contó que su padre había muerto el año anterior y que él había tenido que dejar la escuela para volver a casa y hacerse cargo de la familia. Tenían una huerta y algunas gallinas que cuidaba la madre, también media docena de cabras que pastoreaba el hermano menor. La hermana, Kaima (o algo que sonaba así), limpiaba la casa y subía a buscar leña monte arriba, a media hora de camino, dos o tres veces diarias. Tenía la misma edad que mi hija Ruth ahora.

Mientras Amed servía la miel en las tazas de té, una por una, con paciencia y tranquilidad absolutas, nos contaba que no quería vivir allí toda su vida como su padre sino mejorar, poder enviar dinero a casa y que sus hermanos pequeños fueran a la escuela, cosa que ahora no hacían. Él les enseñaba algo con sus libretas de otros años, ya un poco destartaladas.

Al irnos les dejamos media docena de bolígrafos y un par de libretas. Amed nos preguntó si teníamos algún libro, aunque fuera en español. R había llevado uno, Viaje a Ixtlán, tal vez apropiado para la circunstancia.

De esa familia me llamaron la atención varias cosas. La primera fue la responsabilidad de Amed, especialmente el empeño en dar una educación básica a sus dos hermanos. La segunda fue que las mujeres no se mantenían al margen. Tanto la madre como la niña, aunque no hablaban francés, estaban allí con la cabeza descubierta y sin aparentes problemas, más propios, supongo, del mundo árabe, y Amed intercambiaba frases con su madre con frecuencia.

Esto pasó hace diecisiete años. Kaina tendrá ahora veinticinco. La veo de niña en Ruth, tan iguales y tan distintas. Tal vez Amed o su hermano hayan pasado a España en alguna patera, jugándose la vida. En cualquier caso espero que les haya ido bien. Insha'allah.

Mala fama

Cuando oí la frase me llamó la atención. Se supone que la iba a decir en un futuro lejano un tipo llamado Jefferson. La recuerdo todavía hoy, cómo no: "Cuestione con osadía incluso la existencia de un Dios porque, si hay uno, aprobará más el homenaje de la razón que el de los ojos vendados por el miedo." Bien dicha, sonora y espectacular.
Por eso me atrajo la idea y estuve dándole vueltas una temporada. Nunca había visto al Jefe. De hecho nadie de mi confianza lo había visto aunque otros nos decían que sí, que estaba por ahí, en el sancta sanctorum o algo así (el latín no había sido inventado todavía, no me pregunten por esas paradojas que son difíciles de explicar).
Nosotros éramos legión y nos dedicábamos a... bueno, mejor no se lo cuento, que visto ahora me da algo de vergüenza. Baste decir que todo era letalmente monótono. Sujetos a una jerarquía férrea, los de abajo apenas teníamos nada que hacer salvo entonar cánticos y eso pesa mucho cuando tienes una eternidad por delante.
Pensé en remover un poco las aguas (es una metáfora) y hacer méritos, aunque el escalafón no parecía obedecer a más reglas que una caprichosa voluntad.

Y planteé el asunto ante todo el que quiso escucharme: vamos a hacer un club de debate ¿vale? Así podremos tratar temas como ¿de dónde venimos? ¿qué hacemos aquí? ¿qué nos depara el futuro? ¿por qué el Jefe es jefe?
Algunos me miraron con algo que parecía miedo, otros bajaron los ojos y se disolvieron como una bruma. Pero coseché algunos éxitos y de vez en cuando un grupo se reunía y animaba a ratos los interminables periodos de inacción.
Pero Alguien, en vez de agradecer el homenaje de la razón, sin siquiera llamarme, hizo correr su Voz. Mi sorpresa fue mayúscula: decían que mis debates era despreciables, una burla, un desafío.
Al poco, los demás se apartaban de mi camino o desaparecían y no me dieron voz para explicarme ni crédito por los servicios prestados. El escándalo llegó al mundo inferior, donde su Voz corrió mucho más que la mía, que fue vilipendiada, censurada y distorsionada.
Todo por el club de debate, jodío mundo.
¿El resultado? El exilio, claro. Pero siempre quiero ver el lado bueno de las cosas, al menos hoy ya no me aburro, tengo que aguantar la mala fama pero observo, pienso, leo e incluso subo de vez en cuando a ver la estatua que me hicieron. No pierdo la esperanza de revivir las tertulias algún día. O de tener amigos que me escuchen ya quienes escuchar. Tal vez haga un blog de esos que hoy están de moda y donde nadie sabe quién eres. Y podré recordar a todos que las guerras no se hacen en mi nombre. Y les diré quién inventó el "mobbing".

El ángel caído (Parque de El Retiro, Madrid)

Indianos

Hace cinco siglos, extremeños ahora ilustres prefirieron una gloria incierta en América a una miseria más que comprobada en las tierras de sus amos. La huida les reportó a algunos la inmortalidad, a la mayoría la muerte, a unos pocos la riqueza.
Y a principios del siglo pasado, mis abuelos maternos "hicieron las indias". Se llamaba así al acto, a veces desesperado, de huir de la miseria local e intentar ganarse un futuro más prometedor cruzando el Atlántico y recalando donde a cada uno su instinto le dió a entender. Mis abuelos eran asturianos que, junto con los gallegos, protagonizaron una diáspora luego repetida tras la guerra civil. Paco y Flora fueron primero a Cuba y luego a los Estados Unidos, donde se quedaron unos años y donde nacieron mi madre y mi tía. Otros familiares les siguieron atrapados entre las ganas de mejorar y la añoranza de la tierra natal.
A estos exiliados económicos se les llamó "indianos". Los menos protagonizaron aventuras singulares que acabaron con el regreso a la tierrina (la morriña es propia de los que somos del norte, tal vez por el paisaje brumoso y el mar oscuro). En Asturias, algunos de estos afortunados levantaron escuelas en sus pueblos y ayudaron a sus convecinos consiguiendo finalmente una placa en la plaza o un busto en la escuela. Otros no llegaron a tanta generosidad pero levantaron las "casas de indiano" que jalonan el norte de España. Casas grandes, elegantes, desconocidas hasta entonces aquí, donde la casa familiar se recogía alrededor de la quintana, espacio central donde el hórreo hacía las veces de almacén y las vacas dormían en la "corte", cuadra en la planta baja que daba así calor a las habitaciones superiores.
Las casas de indianos decayeron en las décadas pasadas con la crisis económica en Asturias. Muchas han sido recuperadas por las administraciones, algunas siguen mantenidas por los herederos, que tal vez mantienen algún apego por la tierra que antes les daba de comer.
Mis abuelos no fueron de esos. Regresaron igual que se fueron, o tal vez peor, después de conocer las acerías de Detroit en años muy duros. Aquí les fue mejor y con mucho trabajo, lograron progresar y poner un chigre. Se llamó por el apodo de la familia, "los Casona", y el lugar es una plaza donde hoy vuelvo cuando puedo y que se llama El Carbayedo por los robles centenarios que la poblaban.
Apenas quisieron despegar la realidad los atrapó de nuevo y se encontraron con la guerra civil española. No soportaron la idea de volver a exiliarse y se quedaron. La suerte quiso que en este pueblo la guerra no se cebara excesivamente en ellos y las muertes, venganzas y fusilamientos, que los hubo, fueran limitados. Mi familia sobrevivió aunque, como todos, quedó marcada por amigos y vecinos muertos, exiliados o prisioneros, algunos de los cuales nunca volvieron.
No tuvieron igual suerte mis familiares cubanos, abaceros en La Habana, que desaparecieron sin dejar rastro a principios de los 60. La revolución de Castro no les dió tiempo de volver a su tierra natal ni a mí oportunidad de conocerlos.

Casa de indiano en Ribadesella, Asturias.