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Noches

En el Norte no hay estrellas, decían. Con tanta nube qué va a haber. Descubrí que era falso cuando, con dieciseis años, comencé a pasar noches al relente allá arriba, en el mundo azulgris de los Picos de Europa. Las mejores eran las que empezaban con un Lago Enol desierto porque había una niebla de mil demonios. El camino era, al principio, llano. Al llegar al bosquete de acebos cruzabas el regato y subias el corto repecho hasta Vega la Piedra. Luego, poco a poco, sin ver más allá de cuatro o cinco metros, hasta Vegarredonda. La parada era obligada porque seguramente en el refugio se atechaba algún conocido a la espera de que mañana o pasado escampara. Conversábamos hasta el fin de la tarde y con el ocaso salíamos por el, ahora sí, empinado zigzag hacia la Torre de la Canal Parda. Por el camino oscurecía y se producía el cambio: en cierto momento, en sólo unos metros, el cielo aparecía espléndido. Abajo quedaba el mar de nubes y arriba aparecían los Picos, fantasmales a la luz nocturna: El Picu les Travieses, los Argaos, la Torre de Santa María...

Mi sitio preferido era un poco más arriba. Desaparecía la vegetación y ya sólo era la peña de caliza. Al borde del Jou Santu, el corazón del Macizo Occidental, había unos muretes de cantos apenas esbozados. Precarios, de un escaso medio metro de altura, te protegían de viento si la noche se endurecía, algo nada raro en ese lugar.

Las noches claras permitían mirar a lo lejos y ver la luz intermitente del faro del Cabo Peñas, el finisterre norteño. Otras, como ésta que relato, no. Obligaban a mirar hacia arriba. Arrebujado en el saco de dormir, si era otoño buscaba Rigel y Betelgeuse al Sur. O la tenue presencia de Andrómeda. Luego la temperatura obligaba a cerrar el saco sobre la cara y a dejar pasar las horas.

Los macizos Occidental y Central de los Picos de Europa desde Google Earth. La marca señala el lugar al que me refiero en el post.

Mandamientos para vivir (3)

Comentaba algo más abajo que la realidad nunca está a la altura de los recuerdos por lo que no era recomendable intentar revivir momentos felices pero pasados.

Mirando al futuro se produce algo semejante: después de desear una meta intensamente, durante un tiempo, llegas a ella. Y cuando llegas te das cuenta de que esperabas demasiado, de que el éxito es amargo porque, apurado el camino, las expectativas que te habías creado con el tiempo no se cumplen.

¿Qué ha pasado? De nuevo, nuestra capacidad de imaginar nos ha jugado una mala pasada. Ni la chica era tan perfecta —en realidad, tan hecha para tí, que era lo que querías—, ni en aquel remoto paisaje cantaban tantos pajaritos, ni ese libro, por fin publicado, llenó tus vacíos.

Cuando creas una meta el tiempo te la juega haciéndola cada vez más irreal, más separada de lo que fue originalmente, más inexistente. Es la deriva inadvertida de una meta real hacia el terreno de lo imaginario sublimándola hasta hacerla imposible.

Pero tampoco vivimos sin metas, de aquí la paradoja que se establece entre los deseos simultáneos de cumplir tus ilusiones y el de no verlas cumplidas para no quedarte en el vacío.

Muchos lo han dicho antes, claro: la satisfacción es el camino, no la meta. Y que el camino sea largo.

Quan surts per fer el viatge cap a Ítaca,
has de pregar que el camí sigui llarg,
ple d'aventures, ple de coneixences.
Has de pregar que el camí sigui llarg,
que siguin moltes les matinades
que entraràs en un port que els teus ulls ignoraven,
i vagis a ciutats per aprendre dels que saben.

Has d’arribar-hi, és el teu destí,
però no forcis gens la travessia.
És preferible que duri molts anys,
que siguis vell quan fondegis l’illa,
ric de tot el que hauràs guanyat fent el camí,
sense esperar que et doni més riqueses.
Itaca t’ha donat el bell viatge,
sense ella no hauries sortit.
I si la trobes pobra, no és que Itaca
t’hagi enganyat. Savi, com bé t’has fet,
sabràs el que volen dir les Itaques.
...
Cuando salgas para hacer el viaje hacia Itaca
has de rogar que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de conocimiento.
Has de rogar que sea largo el camino,
que sean muchas las madrugadas
en las que entres en un puerto que tus ojos ignoraban
y vayas a ciudades para aprender de los que saben.
Debes llegar, es tu destino
pero no fuerces nada la travesía.
Es preferible que dure muchos años
que seas viejo cuando fondees en la isla
rico de todo lo ganado haciendo el camino
sin esperar a que de más riquezas.
Itaca te ha dado el bello viaje
sin ella no habrías salido.
Y si la encuentras pobre,
no es que Itaca te haya engañado.
Sabio como bien te has hecho,
ya sabrás qué significan las Itacas.
...

Ítaca, Lluis Llach.