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Noches

Subimos por una senda que se hizo, cuando desapareció el empedrado, empinada y resbalosa. El paisaje como siempre allá arriba, verde y húmedo, cuajado de helechos. En realidad no te enteras de mucho porque el peso obliga a mirar más al suelo que a tu alrededor. Eran los montes de Peñamellera Alta y era el 21 de septiembre, el equinoccio. Llegamos cuando cerraba la tarde, prematura a causa de la niebla. Dejamos las mochilas de bastidor a un lado y nos asomamos al pozo. Subía un hálito frío. Preparamos la noche a la entrada de la sima cuyo nombre ya he olvidado. Sí recuerdo que los datos que teníamos aseguraban una cueva vertical de algo más de doscientos metros de desnivel y una galería inferior que sifonaba perdiéndose en el agua. Era tarde para entrar y decidimos pasar la noche a pocos metros del agujero bajo el amparo más bien ficticio de un árbol escuálido. El ritual de siempre. Preparar la cena calentándola en un hornillo que había que proteger de la brisa con esterillas, asegurar la estanqueidad del carburo que nos iba a dar luz allá abajo al día siguiente, recoger la comida por si aparecía algún animalejo buscando una cena exótica... Luego la tertulia alrededor de un carburero, arrebujados en los sacos y en las fundas de vivac. Esas noches quedan ya asociadas para siempre al zumbido del gas y a su luz blanca.

Peñamellera Alta, un 21 de septiembre algo lejano

Esas noches, en vez de ser tránsito, eran protagonistas. Echado en la esterilla y mecido por la niebla, el pensamiento divaga por caminos infrecuentes hasta fundirse con los sueños.

Mandamientos para vivir (3)

Comentaba algo más abajo que la realidad nunca está a la altura de los recuerdos por lo que no era recomendable intentar revivir momentos felices pero pasados.

Mirando al futuro se produce algo semejante: después de desear una meta intensamente, durante un tiempo, llegas a ella. Y cuando llegas te das cuenta de que esperabas demasiado, de que el éxito es amargo porque, apurado el camino, las expectativas que te habías creado con el tiempo no se cumplen.

¿Qué ha pasado? De nuevo, nuestra capacidad de imaginar nos ha jugado una mala pasada. Ni la chica era tan perfecta —en realidad, tan hecha para tí, que era lo que querías—, ni en aquel remoto paisaje cantaban tantos pajaritos, ni ese libro, por fin publicado, llenó tus vacíos.

Cuando creas una meta el tiempo te la juega haciéndola cada vez más irreal, más separada de lo que fue originalmente, más inexistente. Es la deriva inadvertida de una meta real hacia el terreno de lo imaginario sublimándola hasta hacerla imposible.

Pero tampoco vivimos sin metas, de aquí la paradoja que se establece entre los deseos simultáneos de cumplir tus ilusiones y el de no verlas cumplidas para no quedarte en el vacío.

Muchos lo han dicho antes, claro: la satisfacción es el camino, no la meta. Y que el camino sea largo.

Quan surts per fer el viatge cap a Ítaca,
has de pregar que el camí sigui llarg,
ple d'aventures, ple de coneixences.
Has de pregar que el camí sigui llarg,
que siguin moltes les matinades
que entraràs en un port que els teus ulls ignoraven,
i vagis a ciutats per aprendre dels que saben.

Has d’arribar-hi, és el teu destí,
però no forcis gens la travessia.
És preferible que duri molts anys,
que siguis vell quan fondegis l’illa,
ric de tot el que hauràs guanyat fent el camí,
sense esperar que et doni més riqueses.
Itaca t’ha donat el bell viatge,
sense ella no hauries sortit.
I si la trobes pobra, no és que Itaca
t’hagi enganyat. Savi, com bé t’has fet,
sabràs el que volen dir les Itaques.
...
Cuando salgas para hacer el viaje hacia Itaca
has de rogar que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de conocimiento.
Has de rogar que sea largo el camino,
que sean muchas las madrugadas
en las que entres en un puerto que tus ojos ignoraban
y vayas a ciudades para aprender de los que saben.
Debes llegar, es tu destino
pero no fuerces nada la travesía.
Es preferible que dure muchos años
que seas viejo cuando fondees en la isla
rico de todo lo ganado haciendo el camino
sin esperar a que de más riquezas.
Itaca te ha dado el bello viaje
sin ella no habrías salido.
Y si la encuentras pobre,
no es que Itaca te haya engañado.
Sabio como bien te has hecho,
ya sabrás qué significan las Itacas.
...

Ítaca, Lluis Llach.

Marruecos

Según te internas en las profundidades del país, el paisaje se vuelve inhóspito y la gente acogedora. Viajábamos por el Atlas Medio, camino de Azrou. Ese día habíamos decidido olvidar los hoteles y la Nissan nos sacó del reg y nos acercó a las montañas. La carretera subía primero a través de un llanura yerma, luego se internó por un valle con cedros y más arriba salimos al paisaje más abierto de una meseta salpicada de matas. Nos separamos de la carretera buscando una zona más aislada y nos detuvimos cuando faltaban un par de horas para la puesta del Sol. Había manchas dispersas de verde y amarillo allí donde quedaban vestigios de la humedad del invierno. Era febrero y la temperatura, con el cielo completamente despejado, prometía bajar.

Apenas puestas las tiendas aparecieron, como siempre pasa en Marruecos, los visitantes. Aquí no hay lugar solitario y no importa que estés en medio de la nada que si te detienes tendrás visita en minutos. Eran dos niños que se mantuvieron a distancia y sólo se acercaron cuando les preguntamos si querían tomar té.

El nombre del mayor sonaba Amed, tenía quince años y hablaba en francés con nosotros y bereber con su hermano, cuatro años más pequeño. Nos contó pocas cosas porque era tarde y tenían que volver a casa. Con la taza caliente en las manos y según apretaba el frío el mayor encendía de vez en cuando una mata con un mechero. Las llamas duraban unos minutos y nos poníamos alrededor para aprovechar el calor. Le comenté:

—Hemos visto a mucha gente rezando a esta hora...
—Sí, mucha gente lo hace.

Se fueron tiritando ya entrada la noche.

El termómetro de mínima llegó esa noche a los -12 ºC. Al salir de las tiendas nos encontramos con que Amed estaba esperando pacientemente para invitarnos a visitar su casa. No ocultó su satisfacción cuando le dijimos que se sentara al lado del conductor para señalar el camino.

El pueblo, dos docenas de casas de adobe, estaba a unos cinco o seis kilómetros, una hora de camino andando. La casa tenía un corral trasero y tres habitaciones con pequeñas ventanas. La más grande estaba ocupada por un becerro de un par de meses, probablemente para protegerlo del frío de la noche. Entramos en una salita en la que se levantaron en ese momento dos niños de dos camastros adosados a las paredes. Al primero ya lo conocíamos y la otra era la hermana pequeña, una niña de unos ocho años.

En el centro, entre las camas que usamos de asiento, había un brasero que calentaba algo la habitación. Las paredes estaban decoradas con una docena de fotografías recortadas de revistas españolas y francesas. Destacaban un par de portadas del semanario Hola.

La madre de los niños, una mujer joven, entró con una tetera que puso sobre el brasero y se sentó al lado de M, una de las geólogas. Desayunamos pan con aceite y té con miel.

A lo largo de un par de horas hablamos con Amed que nos contó que su padre había muerto el año anterior y que él había tenido que dejar la escuela para volver a casa y hacerse cargo de la familia. Tenían una huerta y algunas gallinas que cuidaba la madre, también media docena de cabras que pastoreaba el hermano menor. La hermana, Kaima (o algo que sonaba así), limpiaba la casa y subía a buscar leña monte arriba, a media hora de camino, dos o tres veces diarias. Tenía la misma edad que mi hija Ruth ahora.

Mientras Amed servía la miel en las tazas de té, una por una, con paciencia y tranquilidad absolutas, nos contaba que no quería vivir allí toda su vida como su padre sino mejorar, poder enviar dinero a casa y que sus hermanos pequeños fueran a la escuela, cosa que ahora no hacían. Él les enseñaba algo con sus libretas de otros años, ya un poco destartaladas.

Al irnos les dejamos media docena de bolígrafos y un par de libretas. Amed nos preguntó si teníamos algún libro, aunque fuera en español. R había llevado uno, Viaje a Ixtlán, tal vez apropiado para la circunstancia.

De esa familia me llamaron la atención varias cosas. La primera fue la responsabilidad de Amed, especialmente el empeño en dar una educación básica a sus dos hermanos. La segunda fue que las mujeres no se mantenían al margen. Tanto la madre como la niña, aunque no hablaban francés, estaban allí con la cabeza descubierta y sin aparentes problemas, más propios, supongo, del mundo árabe, y Amed intercambiaba frases con su madre con frecuencia.

Esto pasó hace diecisiete años. Kaina tendrá ahora veinticinco. La veo de niña en Ruth, tan iguales y tan distintas. Tal vez Amed o su hermano hayan pasado a España en alguna patera, jugándose la vida. En cualquier caso espero que les haya ido bien. Insha'allah.

Mandamientos para vivir (1): no volverás

Hace un tiempo escribí un post titulado "indianos", esa gente que emigró sabiendo que un futuro azaroso era preferible a la seguridad de la miseria. Ana recordaba y nos contaba que su abuela nunca pudo volver a su origen, allá donde desemboca el Guadalquivir que, además, es un buen nombre para la añoranza (era más intenso Wadi al-Kabir pero ese se perdió hace siglos).

Y yo quería decirle a Ana que la añoranza es un sentimiento que puede hacernos felices y que, en cualquier caso, es preferible a la decepción porque la realidad nunca está a la altura de los recuerdos. Volví hace tiempo a otro sitio de nombre muy distinto aunque, ahora que lo pienso, igualmente sonoro. Fue un error porque la memoria crea imágenes que tienen su tiempo y que, por tanto, nunca pueden repetirse.

Por eso, para seguir viviendo, no vuelvas a los sitios que marcaron tu vida buscando las mismas imágenes. No las encontrarás.

Hoy guardo media docena de lugares y recuerdos con la seguridad de que siempre se mantendrán iguales. Y, ya de paso, como perfección del mandamiento "no volverás", añado algún otro lugar al que ya no quiero ir porque siempre es bueno dejar sueños por cumplir.

El boulevard de los sueños rotos

Hace un par de días utilizaron esa expresión en una entrevista: el boulevard de los sueños rotos. Se referían a los años 60 y a las grandes esperanzas y aparentes revoluciones que en esos años se fraguaban. Yo soy posterior a la generación hippie pero, como a España todo llegó muy tarde y muy distorsionado, experimenté retazos de los tópicos del momento. Retazos que recuerdo con una mezcla de enorme nostalgia y rubor por la inocencia que suponían. Pero aunque me gusta mirar atrás de vez en cuando no tengo ganas de que vuelvan porque el tiempo haría que no fueran lo mismo.
Observarán que llevo unas semanas sin escribir nada aquí. No es por falta de cosas que contar. Es porque todo lo que tengo en la bolsa de viaje ha quedado aplastado por la realidad de mi país en estos meses. Asisto perplejo a un espectáculo que esa expresión, la de "el boulevard de los sueños rotos", refleja con precisión cruel.
Baste decir que estaba yo en segundo curso de biología cuando Franco murió. Tenía 17 años (sí, entré muy joven en la universidad). A partir de entonces se abrió un camino nuevo y hoy, más de 30 años después, asisto atónito a la pérdida de la memoria.
Creía que las nuevas generaciones habían aprendido el valor de la cultura y adquirido la capacidad de dialogar con tolerancia. La realidad nos muestra, sin embargo, que lo que no se consigue con esfuerzo no se valora. Pero creo ver que es aún peor porque la ausencia de debate no se debe sólo a la falta de interés sino a la falta de argumentos.
Creía que estaba claro que el nazismo y sus variantes locales habían sido el perfecto reflejo de una pesadilla. Pero las alimañas nunca desaparecen y en los últimos meses el monstruo se despereza alimentado por la ignorancia. No temo que vuelva, no aún, pero me sorprende que la memoria histórica, ese consenso de que nunca más volvería el infierno, haya durado apenas unas décadas.
Creía que, ahora que la cultura tenía las puertas abiertas, eso iba a cambiar el mundo. Pero no contaba con el efecto perverso de la facilidad: la cultura es tan accesible que parece un aburrido producto de consumo. No hay que luchar por ella, los libros no pasan de mano en mano, no hay que conseguir las obras de Neruda de familiares emigrantes, no se lee.
Creía que las ideas iban a ser, por fin, objeto de debate lo que permitiría avanzar hacia sistemas mejores. Pero nos encontramos con que los que tenían que debatirlas las han olvidado. O nunca las conocieron.
Creía que los políticos de hoy iban a ser mejores que los de la transición porque ya no tienen problema alguno para ser buenos en su oficio. Pero nos encontramos con una reata de asnos sin altura, que hace gala de una ignorancia que asusta, que ha aprendido a no responder jamás a las preguntas, que no tiene nada que ofrecer y que, por tanto, no levanta esperanza.
Creía que la ciudadanía iba a darse cuenta de lo anterior y realizar una silenciosa revolución del conocimiento, ahora que está al alcance de todos. No sé si eso está pasando pero lo que veo a mi alrededor no lo sugiere.
Creía al fin, hay que ser idiota, que nuestro pasado de emigrantes era maestro de tolerancia hacia los que hoy llegan a este país desde América.

Permítanme por tanto que piense en ese boulevard de los sueños rotos donde tantas expectativas han sido borradas en unos pocos años con aparente facilidad. Dejaremos la euforia para otro momento y esta noche, con la chimenea encendida y la copa en la mano, me refugiaré una vez más en algún libro.

P.S.: sugerencias variadas para ponerse en forma:
"El huevo de la serpiente", Ingmar Bergman.
"Cover me", Bruce Springsteen.
y por qué no: el post off-topic del otro blog.