Echo de menos el Norte cuando los días se acortan. Tal vez porque me gustaba pasear por la playa en las tardes de invierno, cuando azotaba el viento. Eso marcaba un ritmo que llenaba de paz y que parecía detener el tiempo. El mismo ritmo que aún nos hace mecer ante el fuego en la chimenea o ante la lluvia que, en la noche, bate en el cuadro negro de la ventana.